El peligro de que te suban el sueldo (La Inflación del Estilo de Vida)

Fan of US $100 bills partially out of a white envelope on a white background.

Recibir una subida de sueldo es, aunque parezca mentira, uno de los momentos más críticos para nuestra salud financiera. No nos vamos a engañar a estas alturas: a todos nos gusta que nos reconozcan el curro con un pellizco extra a final de mes (que para eso echamos más horas que un reloj). El tema es que nuestro cerebro, que es un experto en buscarnos problemas, interpreta ese extra como una invitación directa a subir de nivel en cosas que no necesitamos (si es que no aprendemos, de verdad). Es lo que los expertos llaman Inflación del Estilo de Vida, y para mí no es más que un error de lógica en nuestra configuración mental que nos hace creer que somos más ricos cuando, en realidad, solo estamos construyendo una jaula más grande.

Lo veo constantemente en mi cuñado Gastón. Hace poco le mejoraron las condiciones en la empresa y, antes de que la primera nómina nueva llegara a su cuenta, ya estaba mirando catálogos de coches y pensando en apuntarse a un club de campo que no va a pisar más de dos veces al año (y una será para quejarse del precio de la cerveza). Él piensa que ganar 300 euros más le da derecho a gastar 300 euros más. Lo que no entiende es que, si mañana le echan o las cosas se tuercen, su situación será mucho peor que antes. Se ha metido en unos gastos fijos más altos basándose en una alegría temporal. Al final, ha actualizado su estatus, pero ha dejado su libertad en el mismo sitio: en el cero patatero.

Si nos ponemos analíticos, una subida de sueldo debería ser el acelerador definitivo para tu jubilación, no para tu consumo. Si has sido capaz de vivir con mil quinientos euros el mes pasado, ¿qué ha cambiado hoy para que necesites mil ochocientos? Pues nada, salvo tu percepción y esas ganas tan humanas de aparentar ante el vecino. El truco que yo intento aplicar —y que me ha salvado de liarla parda en más de una ocasión— es mantener mi nivel de vida «ciego» a los ingresos. Si mi sueldo sube, mi ahorro automático sube en la misma proporción antes de que yo tenga tiempo de acostumbrarme a ese dinero nuevo (ojos que no ven, cuenta bancaria que no siente).

¿Cómo gestiono yo ese «dinero extra» para no pifiarla? Aplico una lógica de reparto que no me mate de hambre hoy pero que me asegure el mañana. En cuanto me dan una alegría en la nómina, divido ese extra en dos bloques. La mitad se va directa a la cuenta de inversión, sin pasar por la casilla de salida. Es dinero que, simplemente, no existe para el ocio. La otra mitad la dejo para mejorar un poco el día a día o para algún capricho puntual, porque tampoco se trata de vivir como un monje y que la vida se te pase mientras miras una hoja de Excel. Así, premio a mi «yo» actual pero sigo alimentando a mi «yo» del futuro (que, créeme, me lo agradecerá cuando las rodillas empiecen a fallar).

El tema es que la mayoría de la gente hace justo lo contrario. Se compran una casa más grande porque «pueden pagar la letra», o cambian el coche porque «les llega con la subida». Y claro, terminan trabajando más horas y con más estrés solo para mantener unas posesiones que, en realidad, les tienen esclavizados. Es una ineficiencia del sistema que te obliga a correr cada vez más rápido solo para quedarte en el mismo sitio. Es como meterle más potencia a un motor que tiene una fuga de aceite: por mucho que aceleres, el coche se acabará parando si no arreglas la avería de base.

La Prima Ana ya ha empezado a ver la luz en esto. Ahora que tiene su colchón de mil euros, se ha dado cuenta de que la verdadera riqueza no es gastar más, sino tener un margen de maniobra cada vez más ancho. Ella ya no quiere una vida más cara; quiere una vida más tranquila. Yo sigo revisando mis propios procesos, porque la tentación de «premiarse» es un virus que siempre está acechando en el código de nuestra psicología (y a ver quién es el guapo que no tiene un bug de vez en cuando). Ya veremos si este mes Gastón se da cuenta de que su coche nuevo le está robando los próximos diez años de vida (aunque conociéndole, seguro que encuentra una forma muy creativa de autoengañarse, que para eso sí que es un lince).


Aviso legal y de responsabilidad: Este texto refleja mi opinión personal como programador y entusiasta de las finanzas, basándome en mis propias experiencias. No soy asesor financiero titulado ni pretendo serlo (zapatero a tus zapatos, que se suele decir). Lo que aquí escribo no es una recomendación de inversión ni un análisis profesional. Cada economía doméstica es un mundo y deberías consultar con un profesional antes de tomar decisiones que afecten a tu bolsillo. La responsabilidad de tus errores —y de tus aciertos, que ojalá sean muchos— es única y exclusivamente tuya.